Septiembres. Muchas veces acompañados de sueños, comienzos que anhelas vengan para quedarse, que se conviertan en rutina, que no te suelten la mano.
Ese espacio que hay entre lo que uno se propuso hacer, tan determinado y firme, y lo que acaba siendo al final.
Septiembre. ¡Qué mierda de mes! Como diría Mafalda, lo requetecontraodio. ¡Qué mal se me dan estos 30 días! ¡Y qué resaca me dejan siempre!
Y lo que acaba siendo al final...
¿Se puede tener una patología asociada a un mes del año? ¿Se podrá ir a terapia y decir algo como "soy disfuncional en septiembre, no me soporto ni yo" y que te den una pastillita azul o del color que sea, y consigas vivir también con ganas estas dos quincenas? Algo que te deje un buen sabor de boca, que no acabe con la batería del verano de forma tan fulminante, que te permita ser persona en octubre de nuevo. Ser tú de nuevo. Dejar de sobrevivir.
Igual mis ancestras eran de las que sí se quedaban en la cueva. Otoño, recogimiento, calor, familia, hogar, introspección,... ¿alguien se negaría a eso? Después del ritmo del verano, quizá nuestro cuerpo (el mío al menos) nos pida parar, olvidarnos del mundo, y cuidarnos. Escucharnos, atendernos. Sin culpa, sin miedos, sin exigencias ni expectativas,... ¿Eso se puede?
Hay quien me dijo hace tiempo que