domingo, 16 de febrero de 2025

Amistad a los 40

Este modo relacional de la amistad tiene una característica excepcional que es, el acompañarnos con un deseo del bien que no pone el ego en el medio. 

Cada una tener aventuras separadas, vitales, y aventuras juntas que deseamos mucho. 

Las personas que son mis amigas ahora son personas que están preparadas para acompañar en casi cualquier circunstancia vital. Porque tienen un deseo de acompañar muy fuerte. 

Y quizá para mí la amistad es eso. El deseo de acompañarnos y de asombramos por los cambios y los accidentes y los eventos que viva la vida de las otras, y aprender juntas. 

Horas y horas de conversación donde ninguna da consejos ni ninguna llega a ninguna conclusión ni lo pretende. 

Es una búsqueda conjunta del saber.

Hemos visto cómo a través de los años los proyectos románticos monógamos de la familia en unos momentos funcionan y en otros fracasan, y el continuo son las amigas. 

Las amigas son familia. Y yo soy una afortunada por la mía. Os adoro. Gracias por ser, estar y acompañar. 

viernes, 24 de enero de 2025

Cómo sobrevivir al rechazo


Una de las necesidades básicas de todo ser humano es la sensación de pertenencia. No lo digo yo, ojo, lo dice Maslow, un tipo muy listo precursor de la psicología humanista que tanto ha condicionado el campo en el último siglo). 

Según él, la necesidad social o de pertenencia es la tercera necesidad después de las fisiológicas y las de seguridad: “pertenencia a un grupo, el ser aceptado por los compañeros, dar y recibir estima, etc.”. 


Así, cuando sentimos que somos rechazados (de forma objetiva o subjetiva, porque en realidad lo importante es la emoción que nos genera), se puede abrir una herida determinante en nosotros. Esto es debido a otra realidad intrínseca en el ser humano: la de que construimos nuestra identidad en base a las experiencias que vivimos: nos miramos según cómo somos mirados. Por eso, ser rechazados implica no sólo la privación de una necesidad básica, sino también un daño importante en la autoestima (recibiendo la lectura de no ser querida, no ser suficiente, no ser válida...). 

Y ¿por qué nos creemos eso? ¿Por qué instauramos esa creencia? Pues porque además de construir nuestra identidad a través del otro, en muchos casos además, vemos peligrar ese vínculo tan importante debido a ese rechazo (parcial o total a tu persona), y ante esa posibilidad acabas eligiendo inconscientemente la opción supuestamente menos dañina, la de responsabilizarte del rechazo: es mi culpa, tiene razón, soy así o asao, he hecho esto muy mal, me merezco este trato, etc. Es menos doloroso validar lo que piensan los demás de tí (e invalidar lo que tú piensas) que perder el vínculo. O eso cree nuestro cerebro homínido que aún recuerda que si no pertenece al grupo, muere. 

Además cuanto más íntimo es el vínculo con una persona, más vulnerable somos, con lo cual, más daño nos hace el rechazo. 

Y aquí estoy, procesando la teoría... Me gusta saber, entender, colocar,... pero ahora toca la práctica: ¿cómo sobrevivir al rechazo?



martes, 3 de diciembre de 2024

Mi problema, mi virtud

Mi problema es que quiero mucho. Quiero mucho y bien, o al menos lo intento. Soy humana, tengo taras e intento ser consciente de ellas. Soy dificil, complicada muchas veces y vivo con muchas contradiciones que intento comprender y atajar. A veces no es fácil. Entenderme no es fácil. Muchas veces me enrroco en la obsesión de comprender, de comprenderme. 

Mi problema es que perdono. Que siempre acaba pesándome más lo que siento, el cariño, el afecto, el AMOR, que todo lo demás. Que empatizo, que me pongo otros zapatos, que comprendo la complejidad del ser humano y las circunstancias que nos motivan a veces a hacer daño sabiendo o sin saber. Queriendo o sin querer. A veces, pocas veces, me pongo mis zapatos. Pero me cuesta. Más que ponérmelos, me cuesta dejármelos puestos. Posicionarme radicalmente. Es tan complicado. Me es muy complicado. 

Mi problema es que me pierdo. Me pierdo en el otro. En lo externo, y dejo de escucharme. Siento y siento, siento mucho, pero no cojo el toro por los cuernos y me escucho. Porque escucharse duele, duele demasiado. Mirar de cara al dolor. Tiene tanto que decirnos. Y es tan duro. Tan duro. 

Y de repente, cuando estoy absorvida por la tristeza, por la impotencia y la frustración; por no entender qué he hecho que sea tan mezquino que merezca un arduo castigo,.. Cuando yo misma comienzo a juzgarme, a castigarme, a maltratarme... de repente, me paro y me digo. AMOR. Quiero mucho, quiero bien, quiero tanto... Que eso debe prevalecer, ante todo, ante todos. Ante mí misma. 

Quiero, quieres, Mer. Sólo aférrate a eso. A querer. Piensa en él, en ella, es la de más allá. Siente el cariño por el que te escribe y pregunta, por el que no lo hace, por aquella a la que hace mucho no ves, por el que viste ayer y anteayer. Quiere, quiere Mer. Ésa es la clave. Al miedo, al odio, sólo les puede eso, el amor. Y tú tienes tanto... Agárrate fuerte a tu problema, a tu virtud, y quiere. Quiere mucho. También a tí. Quiere. QUiérelos. Quiérete. Tú puedes, porque sabes. 

Mi virtud.


sábado, 3 de septiembre de 2022

El miedo

Mientras almorzábamos hoy: 

A: -"Cuéntale a mamá eso tan interesante sobre el miedo". 

C: -"Ah, mamá, ¿tú te has fijado que no sabemos nada sobre el miedo?" M: - "Cómo que no sabemos nada... sí sabemos, ¿no?" 

C: -"Sí claro, sabemos que es una emocion, pero no sabemos por qué la tenemos, ni desde cuándo, ni para qué, ni..." 

M: -"Pero a ver, por ejemplo, yo tengo miedo a las avispas... Y les tengo miedo porque duelen..." 

C: -"Pero eso no es una razón. Las vacunas duelen pero yo no les tengo miedo. No tenemos miedo a todo lo que duele mamá" 

Y chimpum. Nos vuelves a dejar con las patad colgando. Y ahora tengo que pensar yo si de verdad me moriré sin saber por qué le tengo miedo a las avispas.

viernes, 12 de agosto de 2022

El (dulce) final del verano...

Los comienzos de veranos son difíciles… Los nuestros, al menos. Los míos. Muchos años (camino de 14 ya) en los que acabo el curso sin saber qué será de mí el siguiente, dónde estaré, ¿me tocará coger coche?, qué compañeros y compañeras de trabajo tendré, qué alumnado me tocará, qué cursos, ¿podré aprovechar la programación que tengo ya hecha?, ¿me dará tiempo a encaminarla en los primeros días de septiembre?, ¿será centro bilingüe u ordinario?,… Menos mal que el plantearme si tendremos que mantener dos casas abiertas ya quedó atrás con la plaza definitiva del curso pasado. Bueno no. Ahora puede tocarle a Antonio.

Los comienzos de verano son difíciles. También desde que nació Carmela. Especialmente desde que cumplió ¿el primer año?. Por extrañas razones que no vienen al caso (cada peque es un mundo y las suyas tendrá) Carmela suele ser diferente las primeras semanas de verano. Más rebelde, más dependiente, más demandante, más insolente, más atrevida, más… Más. Más difícil de gestionar para nosotros, con nuestro banal intento de “crianza respetuosa y su puta madre” (léase con la “i”). Te dan ganas de recurrir a la zapatilla unas mil veces por hora. ¿No había internados en verano? ¿No puedo mandarla al pueblo con los abuelos? Mierda, que estamos ya aquí, no hay escapatoria.

Toca respirar. Una y otra y otra vez. Y luego otras 300 veces más. Te preguntas una y mil veces que dónde está tu niña, que qué le ha pasado, que cuándo va a volver o si eso será ya así “pá siempre”. Respiras de nuevo. Y explicas. Y vuelves a explicar. Y otra vez, muchas ya sin ganas, fuerzas ni mimo. Pero respiras y explicas.

Y de repente llega un día en el que amanece y Carmela está en casa. No es aquella que dejamos durmiendo justo a las 20:30h el último día de cole, no. Pero tampoco es la misma que ayer me decía otro doloroso “déjame en paz”. Es Carmela. Su esencia la mantiene pero ha crecido, ha madurado, ha dado un nuevo paso. Vuelvo a no entrar en explicaciones porque Carmela es única y su ritmo tiene y tendrá, pero ha ocurrido. El tiempo ha pasado. La fase ha pasado. Ha acabado.

Y estas últimas semanas con mi hija, con mi familia, son maravillosas. Todo es sinergia. Risas, canciones, historias, “pisco-labis”, juegos y cuidado. Mucho cuidado. Del grupal y del individual. Sin conflictos extraños. Todo fluye. Y ahora es cuando no quieres que se acabe el verano. Cuando lo cogerías y asirías fuerte con las manos para alargarlo un poquitito más. Como aquellos en los que acababas llorando con la canción del Dúo Dinámico, pero en otra dimensión mucho más dulce (y amarga a la vez): la de ver a tu hija acercarse a esos momentos.

El (dulce) final del verano…

miércoles, 26 de mayo de 2021

Sólo sé que no se nada

Esa sensación de andar perdida de manera contínua. De no encontrar nunca un punto de luz sin dudar del mismo. Así vivo, así ¿soy? "No Mer, así estás, no eres" - me digo. Pero no, no tengo tan claro eso. Lo hago con la boca pequeña porque en realidad no puedo identificar desde cuando me encuentro así. Algo que se mantiene tanto tiempo no puede ser un estado sino una parte de tí, ¿no?

A veces no sé quién soy, ni qué opinión tengo sobre las cosas. Ni tan siquiera si tendría que tener opinión. Prefiero no tenerla, me abruma tener que informarme, pensar, elegir... A veces creo ver atisbos de alguien que anda por ahí silenciada y tiene momentos de conexión con el mundo. ¿Esa soy yo? No lo sé. Quizá sólo sea una careta más. Tengo muchas, soy consciente. No me dejo ir. No me dejo llevar. No me dejo ser. A veces, muchas veces, me veo y no me gusto. Nada. No quiero seguir viviendo siendo ésta. Ésa. ¡La que sea! No quiero. Quiero que se vaya, que me deje. Quiero ser...

Hay veces que me gustaría hacer esto o aquello. Veces en que me ilusiono con la imagen mental que proyecto de ese acto. Unas vacaciones, una escapada, una quedada, una tarde de jardín,... Pero luego llega el momento de organizar y... pierdo fuelle. Me agobio. Me bloqueo. No puedo pensar. No puedo elegir. Ya no tengo ilusión. Ya no tengo interés ni ánimo. La sensación de asfixia acalla la ilusión. O ¿quizá es que no me apetecía de veras? Quizá me apetecía mejor esto otro... pero hay que organizar... No. No tengo ganas. Quizá no tenga ganas de nada. Quizá sólo quiero quedarme en mi casa, tumbada, sin más. Se está muy bien en el sofá de casa. O en la cama.

Quiero hablar pero no identifico con quién hacerlo. Quiero hacer, pero con quién. Él sería un perfecto compañero. Él tiene otros intereses. Él no es. Antonio no. Bueno pues me voy sola. Visualizo. Comienzo. Me canso, me aburro,.. Me desilusiono de nuevo. Tampoco esto es.

Pues me meto en mi cueva. Sólos los tres. No necesito a nadie ni nada más. Estamos bien. Planeemos. Busquemos. Hagamos. Pero yo no tengo fuerzas de tirar. Estoy cansada. Me pesa el cuerpo y el alma. ¿Realmente estamos bien? ¿Se puede estar bien así? ¿Pueden estar bien así?

NO soy buena compañía. NO soy buena para nada. Soy un puto desastre. Un trapito que no sabe para dónde tirar, cómo ni con quién. Tristeza, desidia, apatía, anhedonia,... No se puede dar nada desde ahí, desde ese punto. AL menos no se puede dar nada bueno. No tengo nada que aportar. ¿Hay que aportar? ¿Hay que aportar o hay que ser? Pero ¿quién soy?

domingo, 21 de febrero de 2021

Intensidad


Las "romanas" siempre lo llamamos intensidad. "Somos muy intensas, ansias vivas" - decimos. Pero yo ya dudo de si el adjetivo está bien elegido. ¿Intensidad en nuestros intereses? Hablo de nuestros “másters” en alimentación saludable, productos ecológicos, blw, lactancia, cremas, telas, psicosomatización, suelo pélvico, diastasis abdominal, psicoterapeutas, productos para cualquier tipo de dolencia, aceites esenciales, colegios, escuelitas, playas molonas, protectores solares, corresponsabilidad, relaciones igualitarias, precios de la luz, cólicos, porteo, crianza respetuosa, fiebre, sueño, límites, dulces saludables, centros con piscinas de bolas, desodorantes molones, rabietas, acompañamiento, esfínteres, intolerancias y alergias, pikler, ruidos blancos,...porque no podemos quedarnos a medias, no podemos interesarnos por algo sin más. Leer un poquito y mandarlo a paseo. No. Nosotras tenemos que hacer el máster.

Pero… ¿y qué pasa cuando eso choca de frente con un carácter perfeccionista y controlador? ¿Qué pasa cuando una vez conoces algo (que se supone de lo bueno lo mejor, o de lo malo lo peor) no puedes evitar querer saberlo todo acerca de ello? ¿Qué pasa cuando al informarte no puedes evitar llevarlo a cabo milimétricamente bien? Cuando necesitas hacer las cosas al 200%. ¡Cómo vas a dejar de darle el pecho a tu peque si todos los organismos dicen que es lo mejor? ¡Cómo vas a obviar la existencia de la crianza respetuosa, con todos los males que ha traído a este mundo la tradicional? ¿Cómo no voy a estudiar con detalle todos los colegios que hay e intentar entrar en el más consciente, si ya sé el daño que puede conllevar el normalizar según qué cosas? ¿Qué pasa cuando no puedes evitar querer hacer las cosas bien?

Querer hacer las cosas bien. No puedo quedarme en el gris, da igual de la gama que sea ese gris, no lo quiero, yo necesito irme al blanco. Buffffff…. Y lo que empieza siendo algo interesante; aprender continuamente cosas nuevas, abrir tu mente, conocer nuevas mirandas y gentes, conocerte a ti misma como nunca antes (en parte porque no eres la de antes),… se convierte en tu peor pesadilla. Estrés, ansiedad, tristeza, insomnio, apatía, frustración, anhedonia, autodestrucción,… DOLOR, mucho dolor. Físico y emocional.

Estoy harta de buscar siempre la perfección en todo. Estoy agotada. Exhausta. No puedo más. Quiero ser flexible. Quiero ser capaz de relajar mis límites, mis objetivos, mis deseos e incluso mis necesidades.

Estoy hasta el coño de la crianza respetuosa, sí, me la metieron doblada con eso. Pero más hasta el coño estoy de mí y mi sistema de creencias, que no me permiten VIVIR de manera consciente. Pero no consciente de la necesidad de cuidar el planeta o de la importancia de defender la igualdad, no. Consciente de lo que pasa cada puto minuto de mi día allá donde estoy. Conectar. Conmigo. Con mi alrededor. Sentir lo que está pasando, no lo que mi neurótica cabeza me cuenta.

HASTA EL COÑO. HE DICHO.